Andar en bici por mi barrio es a veces un poco peligroso, más aun cuando lo que uno hace con la bici no es conducir, si no pilotar. Si a esto le sumas que tanto a turcos como a alemanes le gusta sentirse como Carlos Sainz y que para ellos la Hermannstrasse es una etapa del Paris-Dakar, la mezcla es explosiva.
El otro día volviendo a casa del curso de alemán, intento meterme entre dos coches haciendo una maniobra un tanto inapropiada, de repente golpeo con el manillar el retrovisor de un coche que estaba aparcado en una esquina (donde no debería estar), sin más preocupación di por hecho que el coche estaba vacío, así que ni siquiera me detuve. Pasados unos segundos empiezo a oír tras de mí gritos e improperios, miro hacia atrás y por la ventanilla del vehículo golpeado asoma la cabeza de un turco, ya estaba un poco lejos para entender bien lo que decía, pero una palabra me llego muy clara “Mutter”, supuse que esa mención a mi progenitora no era precisamente porque le mandara saludos cordiales, así que me hice el sueco y seguí para adelante.
En un abrir y cerrar de ojos el tío me alcanza, se coloca en paralelo y empieza discutirme por la ventanilla, poco después me adelanta y coloca el coche cerrándome el espacio y obligándome a detenerme, mientras me adelantaba comprobé que su coche era un espectacular Jaguar de pintura reluciente. Empezamos a hablar e intento disculparme, pero el tío parece estar demasiado alterado y sale del coche. En ese momento veo que tiene un cuello que ríete tú del de Fernando Alonso y unos brazos de un grosor similar al de mi tronco, mi vida empezó a pasar ante mí en diapositivas PowerPoint, todo parecía indicar que había llegado al final de mis días.
Adopte la postura defensiva de colocar la bici entre él y yo, tras varios intentos fallidos de disculparme en todas las formas posibles e imposible que me permite mi alemán, opte por esperar a que se cansara de insultarme, lo cual le llevo un buen rato, una vez había acabado escupió en el suelo a mi lado, una clásica forma de presentar desprecio en su cultura, tampoco es que en la nuestra sea un acto cariñoso.
Después él se dirige a montarse de nuevo en su cochazo, yo subido en la bici antes de marcharme me quedo mirándo a la matricula, espero hasta que el tío se percata y comienzo a pedalear, porque a uno le gusta tener la última palabra incluso cuando eso supone poner en peligro la propia integridad física. Me alejé lo más rápido posible mientras él gritaba “was? was?”(¿Qué? ¿Qué?). Por suerte no le dio tiempo a seguirme y llegue a casa sano y salvo.